La perseverancia aparece en los peores momentos, justo cuando todo
parece desmoronarse frente a nuestros ojos; su recompensa, por otro lado, es
directamente proporcional a la angustia y la desolación que sentimos antes de
adoptarla como actitud para
nuestras batallas.
En las relaciones
interpersonales, los roces y el desencantamiento son dos elementos
inevitables; los años de convivencia sacan a la luz diversas características
negativas de las personas que no se evidencian mientras existe una cierta
distancia. Muchas veces, ante el descubrimiento de los defectos ajenos, el
interés por formar parte de una pareja o de un grupo de amigos decrece; cuando
llega este punto crucial de un lazo afectivo, se presentan tres caminos bien
diferenciados: el corte de la relación; la negación del problema, que acarrea
malestar y frustración; la perseverancia.
Dado que no existe relación posible entre dos personas en la cual no haya
conflictos, tampoco existe relación que no requiera de la perseverancia para desarrollarse sanamente.
Acercarnos a otros seres vivos y a nosotros mismos representa uno de los mayores
desafíos de la humanidad, así como una de las experiencias más enriquecedoras
que podemos vivir en esta Tierra y, como todas las grandes oportunidades, exige
un gran esfuerzo de nuestra parte.
Es esencial tener claro que no se puede alcanzar el éxito si se transita
indefinidamente un camino que nos haya conducido al fracaso. En otras palabras,
perseverar no consiste en intentar lo mismo una y otra vez, sino en mejorar los
métodos, en probar cosas diferentes, sin miedo a tener que comenzar
nuevamente.
Por último, es de popular conocimiento la frase “persevera y triunfarás”,
supuestamente creada por el filósofo romano llamado Lucio Anneo Séneca, que
nació en el año
4 a .
C..
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